El amigo Thermen inventó a principios del siglo XX una cosa ya de por sí bizarra: el theremin.
Luego aparece en escena una artista japonesa y se le ocurre meter el theremin en una matrioska, ese lugar que el pobre instrumento llevaba un siglo reclamando para sí, la perfección a la que tendía, vaya.
Ahora bien, ¿dónde se compra? ¿En Tokio o en Moscú?
Cuando se acabe el mundo lloverán del cielo matrioskas apocalípticas interpretando, qué se yo, Moon River.


