El libro de ruta decía que nuestras próximas paradas en esta aventura por los grandes viajes en tren tras recorrer ayer Canada, iban a ser hoy Estados Unidos y México, donde pretendíamos subirnos en el mexicano Ferrocarril de la Barranca del Cobre y en el American Orient Express, ahora conocido como Grand Luxe Rail Journeys. Y esta mañana precisamente me he desayunado con un artículo en Intelligent Travel (de National Geographic) en el que afirman que en EE.UU los grandes viajes en tren de lujo, a diferencia de lo que ocurre en Europa, están de capa caída.
Si estás pensando en contratar un billete aéreo internacional a Nueva York, o vas a llegar al JFK con algún vuelo doméstico, échale un ojo a las tarifas de la compañía americana Delta Airlines.
¿No te apetece aterrizar en Manhattan en helicóptero como un Amo del Universo por el precio de una carrera de taxi?
Miami dejó hace tiempo de ser simplemente la antesala del cielo, el jardín tropical de los jubilados judíos y canadienses. Tampoco es sólo el sitio de recreo y compras compulsivas de la oligarquía y los nuevos ricos de Latinoamerica. Es algo más que playa y daiquiris para completar el programa de visita al Imperio Disney. Esto es casi Estados Unidos. Aquí la gente cena cuando el resto del país se va a la cama.
Miami no es sólo tráfico de drogas, sexo, corrupción y trajes blancos de Armani. Se trata de uno de los polos financieros del continente americano, del puerto de cruceros con el mayor tráfico del mundo. El lugar donde dejaron de vender apartamentos y alquilar suites de hoteles de lujo para ofrecerte un “estilo de vida”. Aquí hay Art Déco y tormentas tropicales, caimanes en los pantanos y piscinas de coral donde nadaban Tarzán y Esther Williams; convertibles rosa pastel y flan de mamey, arte y diseño contemporáneo de referencia, arquitectura y diseño kistch; y también marielitos y boricuas, calvinistas y babalaos, currelas haitianos y fortunas obscenas, masters del universo y superhéroes de barrio…
Miami es ese carnaval de americanos de toda condición y origen que Bolivar soñó una tarde de siesta febril y empacho de mangos.
Para celebrar que es 01 de septiembre y que por fin ha llegado la rentrée, que los medios de comunicación han declarado unilateralmente extinto el verano y las mejores colecciones para coleccionar el próximo trimestre ya están en tu kiosko más próximo, nada mejor que dar un paseo por un par de ciudades que disfrutan de un verano casi perpetuo. Los dos lados del verano, de Miami y Copacabana.
El prejuicio dice que la agitada Nueva York, la jungla del asfalto, resulta un medio hostil para ir en bicicleta. Tráfico insufrible entre semana, estrés, contaminación, ruido, amenaza siempre constante de robo…
Pero también es bien cierto que todos los días más de 100.000 ciclistas recorren sus calles, carriles- bicis y parques; que se han creado casi 40 kilómetros de carril-bici; que cinco de sus principales puentes tienen carril exclusivo para los vehículos de dos ruedas y, finalmente, que el neoyorquino al volante suele ser bastante más respetuoso con las bicicletas que el madrileño o el romano .
La revista Bicycling, la Biblia de los amantes del pedal, la ha clasificado reciéntemente como la tercera mejor ciudad de EE.UU para desplazarse en bici.
Ir en bicicleta por puro placer por la ciudad comienza a ser guay: el famoseo local se deja ver pedaleando y los aparcamientos para bicicleta los diseña David Byrne, una de las cabezas (parlantes) más inquietas de la Gran Manzana.
Resultan ya casi tópicas las escenas de “esplendor en la hierba” en Central Park cuando llega el buen tiempo. Cestas de mercado, manteles de cuadros rojos y blancos, ensaladas de patata, té helado y frisbees en Sheep Meadow y Great Lawn… bondades neoyorquinas arquetípicas.
Pero hay otros lugares para el democrático ejercicio del picnicking que además permiten hacer visitas interesantes y ofrecen nuevas perspectivas de Manhattan. Y aprovechando que estamos en el crisol donde se funden todas las culturas y razas del mundo mundial, vamos a ponerle especia y exotismo a nuestra cesta.
Así que primero nos ponemos musiquita, nos vamos de compras y luego vemos dónde nos tumbamos.
The Mercer Hotel, aka the 75 room luxury boutique hotel in downtown New York City; en pleno Soho, ocupa un edificio del siglo XIX y tiene una estructura tipo loft ; es decir, techos altísimos y enormes ventanales que inundan las habitaciones y las suites de luz natural. Sábanas de algodón egipcio en las enormes camas, bañeras de mármol donde caben dos personas, una biblioteca en el vestibulo repleta de exquisitas publicaciones…