La Vuelta al Mundo de Carvalho y Biscuter (VII) Egipto

“Si no conociéramos la historia de las ciudades, careceríamos de imaginarios apriorísticos, y mucho mejor si desconociéramos la literatura o el cine para los que posaron como modelos.”

Esta es la reflexión egipcia de Carvalho, que ha llegado al puerto de Alejandría leyendo a Lawrence Durrell. Y que más tarde evocará a CavafisTerenci Moix, el crucero de lujo de Poirot en Asesinato en el Nilo y al actor Tyrone Power encarnando a Lesseps.

Quizá viajemos a veces con demasiado bagaje cultural. Quizá esa sea la razón por la que tantos lugares míticos nos decepcionan. Viajamos al país real y así perdemos el que habíamos fundado lenta y minuciosamente a partir de libros, películas, canciones…

Quizá a eso se refería Pessoa, lamentándolo, cuando afirmó aquello de: ¡Viajar! ¡Perder países!

“-Esta ciudad la conozco desde dos o tres perversiones cultas o cuatro. Es decir, me amedentra. Para empezar, la Alejandría de la antigüedad, con sus bibliotecas y su eplendor lógicamente mitificado. Después, la Alejandría de un poeta que me gustaba mucho en mi juventud porque era  ambiguo y tenía una plácida manía persecutoria, sexual e históricamente vivida. Era un homosexual. El capitán de la poesía homosexual del siglo XX. Me parece que he quemado todos sus libros. Se llamaba Cavafis. Luego me queda otra Alejandría obscenamente literaria, la que pone título a una tetralogía de Durrel, El Cuarteto de Alejandría (…) Finalmente hay un egiptólogo catalán que ha dado mucha guerra con sus novelas escenificadas en Egipto: Terenci Moix.”

Nuestros viajeros visitan en primer lugar las catacumbas de Alejandría, “síntesis lograda de arte grecorromano y egipcio“. Continúan a El Cairo donde, como encuentran las pirámides ya cerradas, contratan una visita organizada a la Ciudad  de los Muertos, antaño necrópolis real y hoy en día residencia de vivos pobres. También pasean por las pirámides, cuya visita encuentra Carvalho tan obligatoria como demasiado “familiar”.

Y por supuesto se embarcan en un crucero por el Nilo que, a diferencia de lo que parece en la película basada en la novela de Agatha Christie, no es precisamente un crucero de lujo, pues entre la película y la realidad media el efecto masificación. Le sorprenden gratamente la inesperada aparición de Abu Simbel, el ambiente rural y animado de las verdes orillas del río, la perfección casi de decorado de Luxor y Karnak; y lamenta la invasión de espectáculos de luz y sonido y la mala calidad de la cocina abordo (que más que egipcia encuentra “sirio-libanesa venida a menos”).

Terminado el crucero regresan a El Cairo en avión, desde donde continúan el viaje cruzando el Sinai y Suez hasta la frontera israelí en Elat, donde recuperan sus verdaderas identidades.

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