La isla de Tristán da Cunha se alza inopinadamente sobre el Atlántico Sur. Menos de 300 almas la pueblan. Viven de la pesca de la langosta y de la venta de sellos para coleccionistas. Son gentes recias y austeras que queremos creer que no recuerdan día tras día que habitan un mundo remoto a casi 3.000 kilómetros de Suráfrica y a más de 3.000 de Suramérica. El culo del mundo, ya lo dijo el poeta.
Aunque quizá algunos lo sospechen; de ahí las lágrimas y pañuelos en el puerto (No hay aeropuerto) cuando uno o varios de los más jóvenes y dispuestos de los suyos les deja en busca de una esperanza de reproducción.
Un buen amigo nuestro, Carlos Bodelario, navegante avezado y bloggero compulsivo, hizo escala hace poco en la isla en su travesia del Atlántico. Ardía en deseos de actualizar su cuaderno de bitácora, abandonado desde que salió de Faial, y dicen que fue directamente al recien inaugurado ciber-café del Paseo del Acantilado. Se conectó a internet y halló su destino fatal.
La mayoría de los lugareños le recuerdan caminando con un trotecillo alegre hacia el lugar donde habría de hacerse invisible.

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