Al margen de los caminos trillados (IV)

La isla de Tristán da Cunha se alza inopinadamente sobre el Atlántico Sur. Menos de 300 almas la pueblan. Viven de la pesca de la langosta y de la venta de sellos para coleccionistas. Son gentes recias y austeras que queremos creer que no recuerdan día tras día que habitan un mundo remoto a casi 3.000 kilómetros de Suráfrica y a más de 3.000 de Suramérica. El culo del mundo, ya lo dijo el poeta.

Aunque quizá algunos lo sospechen; de ahí las lágrimas y pañuelos en el puerto (No hay aeropuerto) cuando uno o varios de los más jóvenes y dispuestos de los suyos les deja en busca de una esperanza de reproducción.

Remotísimo lugar

Remotísimo lugar

Un buen amigo nuestro, Carlos Bodelario, navegante avezado y bloggero compulsivo, hizo escala hace poco en la isla en su travesia del Atlántico. Ardía en deseos de actualizar su cuaderno de bitácora, abandonado desde que salió de Faial, y dicen que fue directamente al recien inaugurado ciber-café del Paseo del Acantilado. Se conectó a internet y halló su destino fatal.

La mayoría de los lugareños le recuerdan caminando con un trotecillo alegre hacia el lugar donde habría de hacerse invisible.

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